
En mis manos se sujeta el tiempo.
Es madera, agua, polvo, un latido deseando volar.
Todavía me queda el valor de la noche,
yo quizás tenga el miedo de los días muertos.
Cúbreme con el sabor de las cerezas,
ese rincón de la primavera que me reservas
para estos momentos duros.
Alrededor de tu cuerpo oigo el viento.
Las ocarinas derraman su voz sobre tu piel.
Ahora me pareces suave,
cuando estás lejos
eres tibio mármol entre las ausencias.
Saberme débil me da el vértigo de las banderas,
ese rumor del corazón en que anidan los pájaros.
Quieres saciar tu cuerpo en las faldas del atardecer,
pero morimos todas las noches en lo nocturno.
Me niegas y soy una pregunta que te debes,
quizás sea parte de esa madera que sigue dentro de tu puño,
tal vez sea el agua que te empapa cuando cierras los ojos,
el polvo que cubre el lado de tus escalofríos.
Mi cama a veces voltea el amanecer
y busca ser un muelle donde vencer el espanto de la luz.
La desolación no deja de ser una parte más del desayuno.
F
4 comentarios:
Uno idealiza, todo parece más suave al estar lejos...
hermoso poema, hermosas letras, bello sentir
besos enormes
Estupendo.
Versos como suspiros, como pensamientos que se lleva el viento,
como mensajes.
Con razón dices que escribes para redimirte de ti mismo.
Un abrazo.
Ocarina.
O-ca-ri-na.
!que palabra tan bella!
Que no te nienguen, Fernando..
(gracias...no he tenido tiempo por el correo, disculpa...me alegra leerlos.)
Una y otra vez nos sorprendes con esos poemas que parecen inagotables, Fernando, entre el deseo, el amor y la ausencia. Y siempre nuevas imágenes y siempre significativas. Alguien te dijo una vez que ya estabas redimido. Y ahora Ybris te lo recuerda. Con este poema, diría que nos redimes a todos.
Un beso,
P.S. También como Lena me he quedado prendida a la ocarina.
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