
Cruzo el dulce aliento de la noche.
Hay un reguero de luces que se asientan en mi piel,
saben ellas del sabor del tiempo y de la duda.
Callada en el mármol, la luna puede ser un nuevo desafío
o sólo el color intransigente del olvido.
En las pérdidas me desangro
y escucho las voces que nunca fueron mías,
todavía puedo enarbolar banderas
y esperar en un muelle
la subida de la próxima marea.
Hay en el río un destino,
nunca sabemos leer nuestro futuro,
ni siquiera yo que amo el transcurrir de los puentes
y su mirada abierta a todos los llantos.
¿Cuántas crecidas ha de tener mi vida
para nombrarme de nuevo tus labios?
Es larga la penumbra y su ocaso.
Podría escribir un alfabeto de silencios,
cada uno con su dolor y su sabor de hiel,
aunque no siempre en mi silencio se repose la tristeza,
a veces, camina la alegría entre los arcos sin voz del claustro.
Pendiente del desierto el sol abre su mano,
pueden las palomas evadirse en el sueño,
más yo, predigo un día de lluvia,
me duelen los huesos siempre que me cerca el agua.
F
5 comentarios:
Fernando, te superas con cada nuevo poema. Tremendas musas. Tremenda pregunta. Y tú mismo eres tremendo y magnífico.
Besos
cuánta sangre nos resta hasta la última pérdida ?
cuántas palabras hasta el nombre definitivo ?
... predigo un día de lluvia
un abrazo
Maldita lluvia, escapa de ella, ve al sol... No quita que este poema sea como siempre hermoso muy hermoso...
Un beso f.
Hay un puente que nos acompaña siempre en nuestros sueños y hace que la inspiraciòn brote a raudales. Abrazos.
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