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viernes, 11 de abril de 2008

LA PUTA MOSCA







Había sido una semana intensa en emociones y pródiga en maravillas. Acababa de disfrutar de mis primeras vacaciones en Roma y era como si todavía tuviera frente a mí la estampa imborrable de Campo de' Fiori con sus animados puestos de frutas y flores, su aroma a eternidad y su imparable vitalidad, o como si me encontrara paseando por la siempre mágica red de callejuelas que nace de ella, o como si aún me hallase en cualquiera de los muchos y a veces injustamente olvidados rincones que embellecen esta ciudad, no por poco conocidos menos sobresalientes, como la exquisita Piazza San Ignacio, donde se encuentra la iglesia del mismo nombre, o los alrededores de la Basilica di Santa Cecilia, en el siempre irresistible barrio de Trastevere. Había sido un viaje perfecto, casi insuperable, y sentado ya en mi incómoda plaza de avión, camino de vuelta a casa, mis recuerdos iban de un lugar a otro espoleados por la urgencia de impedir que las imágenes de tanta maravilla llegaran alguna vez a diluirse en la memoria, ese maremágnum de sensaciones que el tiempo va agolpando casi imperceptiblemente en nuestra mente unas sobre otras.
Estaba yo absorto en mis propios pensamientos, digo, cuando una molesta mosca se posó en mi frente. La espanté con un leve movimiento de mi mano y luego la vi volar nerviosa a la búsqueda de otro cuerpo sudoroso y caliente en el que descansar.
«Una mosca romana –recuerdo que pensé– que pronto va a dejar de serlo». Es decir, una mosca que, sin ella saberlo, sin intuirlo siquiera, iba a cambiar de país en unas horas, modificando por completo el entorno en el que su vida se había desarrollado hasta ahora. Ya sé que es una tontería, las moscas son incapaces de comprender más allá de su contexto inmediato y de sus necesidades más urgentes, pero, lo supiera o no, la existencia de esa mosca iba a cambiar de igual manera que cambiaban sus circunstancias: ni más ni menos que como el resto del pasaje. No obstante, la inconsciencia de ese traslado no invalidaba su trascendencia. Las pieles sobre las que se posaría a partir de ahora ya no serían iguales; los objetos que sus ojos compuestos percibirían ya nunca serían los mismos; su destino, fuera cual fuese, iba a cambiar por una tonta burla del azar, por un inocente movimiento que la había llevado a entrar en este avión por casualidad. Aunque, pensándolo bien, quién sabe, a lo mejor las moscas sí son capaces de percibir alguna particularidad inherente a esos cambios, no sé, la temperatura ambiental, la diferente calidad de los alimentos, el humor cambiante y agresivo de los seres sobre los que a partir de ahora van a posar sus frágiles patas... ¿Quiénes somos nosotros, humanos omnipotentes, henchidos de falso orgullo, convencidos nuestra superioridad en todos los órdenes, para considerar si el cambio de país afectará o no a la vida de una insignificante mosca? Quizá el mero olor de nuestros cuerpos, la densidad de aire, la organización de las moléculas, no sé, cualquiera de los múltiples aspectos del universo que para nosotros pasan completamente desapercibidos, para una mosca adquieran una dimensión fundamental, un valor sustancial que nuestros sentidos humanos, atrofiados por la falta de uso, son incapaces ya de apreciar. Visto así, llegara o no a advertirlo alguna vez, no era descabellado pensar que aquella mosca iba a sufrir un cambio radical en su vida. Un cambio total.
Entonces, el ruido de un golpe seco justo a mis espaldas me sustrajo por segunda vez del nebuloso mundo de mis elucubraciones. Pero fue la fatídica frase que siguió a continuación lo que me hizo darme cuenta de la incontestable concatenación de hechos que acaba de tener lugar.
–¡La puta mosca, ya me estaba tocando los cojones!
Fue un pensamiento estúpido, lo sé, absolutamente ridículo, pero recuerdo perfectamente lo que a continuación vino a mi mente: «Pobre mosca –me dije–, jamás llegará a conocer otra ciudad que no sea Roma».

Carlos Manzano

5 comentarios:

UMA dijo...

No puedo parar de reìr, perdòn:)
Pero el 'gallego' que matò la mosca ni de casualidad llegò a pensar la "eme" de mosca llevado por su impulso y vos me paseaste por miles de recuerdos, sensaciones y emociones en unos cuantos renglones acerca de tu vivencia.
Es cierto, omnipotentes y prepotentes tambièn, en el fondo es un tierno relato, en el medio pensaba "esta mosca va a morir", en mi ignorancia de las vueltas del destino y de la supervivencia de la mosca, dentro y fuera de un aviòn.
Un besazo, Fer, atesorando los recuerdos de una Roma que ha sido el mejor lugar que he conocido.
Pd: Yo soy la rubia que no paraba de arrojar liras en la Fontana di Trevi y paseaba de noche por el Trastevere;-)

Gitana dijo...

ha ha ha ha ha ha !!!! cuando lei el titulo... no sabes como reí::: Y me dió mas curiosidad y lo leí...

ybris dijo...

Magnífico relato.
Mientras intuía el triste destino de la mosca se me venía a las mientes la reacción del cura que en plena homilía intentaba inculcar a los fieles la virtud de la paciencia a la par que el amor a los animales tomando como ejemplo su comportamiento pacífico y mesurado ante una mosca que revoloteaba por sus alrededores...
hasta que un grito estentóreo salido de su boca interrumpió su disertación:
¡COÑO. SI ES UNA AVISPA!

Claro que el relato de Carlos Manzano es mucho mejor y más profundo.

Un abrazo al autor.

doberka dijo...

Un relato estupendo. Y un texto envidiable. Divertido, aunque, sin duda es inevitable sentir un cierto duelo por la dichosa mosca, creo, pero como ella todos somos un poco moscas.

Besos.

alba alpha dijo...

El relato es muy bueno. Se pone uno a imaginar las peripecias de la mosca. Termina uno con buen sabor. Después Ybris acaba de completar la lectura con su anécdota y entonces como Uma no puedo parar de reír.

Besos
Alba

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