París se cubre de puentes
como si el Sena se derrumbara para nosotros
y pudiéramos andar juntos sin vernos.
Sólo me pertenece la lluvia de un cielo violáceo
y la torre Eiffel encendida en su rojo duermevela,
deshojando la calma de un húmedo otoño.
Nada nos dio,
salvo un tiempo fugaz de cafés y bulevares
y aquel rincón donde perdernos.
Tu mano en la memoria de la mía
desnudando la piel,
y el sabor de tu deseo
a un inolvidable pastis
recorriendo todavía mi boca.
Del poemario "El error de las hormigas"
F
2 comentarios:
El Paris eterno de mis padres.
Que bellas letras.
Un fuerte abrazo.
La pasión graba todos los paisajes en el corazón con su propia sangre.
Feliz Navidad
Un abrazo Fernando
Publicar un comentario