
Si sólo soy azul no soy el bosque profundo en su silencio
que huye en el contorno de las alas de los pájaros,
guarecido entre montañas. Allí perdí mi rastro.
Someto mi mano a la tierra del valle, es ocre,
concebida para parir la vida
y, esponjosa, me da su calor de eternidad.
Ella sabe que tarde o temprano
he de volver a su regazo.
Me enrolo en un barco que visita los muelles de la luna,
en su mar de tempestades muertas sueño
y me asola sólo el despertar del nuevo día.
Si sólo soy azul no puedo ser el mar,
cada hora es un nuevo color que lo expande
y arrebata al arco iris la fuerza de la lluvia,
somete el agua al agua
y yo me ahogo en su delirio húmedo
donde el horizonte siempre se aleja.
No soy la tarde amarilla
vestida entre los toldos y la sombra
que al verano cumple con su sabor de limonada.
Hurgo entre los pliegues del ocaso,
encamino mi mirada a su rojo descenso a los infiernos
y soy un Dante cualquiera de la noche,
sin Beatriz siquiera,
pues busco la lujuria y no el blanco
azahar de la virtud suprema.
Prendo fuego entre las mieses
y me hago habitante del humo,
pavesa antes que ceniza,
luz azulada de un motel cualquiera,
en mitad de un desierto
o un club de carretera,
en plena desolación del alma humana,
que anuncia con sus luces de neón
que la noche, una vez más,
está dispuesta para consumirnos.
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