
Descalza en tus hechuras,
hembra ardiente y solitaria,
apenas me debes nada
y sin embargo sigues derrumbada entre mis manos.
Muro de raíces y de sueños te elevan,
entre todas eres el fuego, la llama,
el salterio donde cantar la noche,
esa mano de humedad que trae el mar,
el dolor de la lluvia de noviembre,
una boca que deshace,
sierpe azulada,
el rumor del bosque,
el pájaro en su silencio de alambre…
Puedo hablar de ti y tú nombrarme
y entonces viene la tormenta,
el diluvio se lleva todo lo que hemos escrito
y sólo nos queda reconocernos
en el sabor de la saliva
que dejamos en la piel del otro.
F



